lunes, agosto 17, 2020

Por qué marcho

Marcho porque tenemos miedo, porque estamos encerrados, solos, viendo cómo se destruye la vida que conocíamos.  

Marcho porque necesitamos contención, y recibimos insultos y desprecio. Porque sé que esto es una tragedia y que podríamos estar atravesándola juntos pero optaron por imponerse, por "el Estado te cuida", el "no es momento de cuestionar", el "tienen que ganar un poco menos'. Es tu culpa y de los Runners, y de los chetos, y de los irresponsables.

Marcho porque no quiero acostumbrarme al Estado policial, a tener que llenar un formulario explicándole a Estado que tengo que llevarle un remedio a mi mamá, y dónde vive y con qué auto voy y danos tu teléfono y tu correo y tu dirección y el de ella y espera unas horas y vemos si te autorizamos.

Marcho porque en nombre de una cuarentena que no existe hay muertos y desaparecidos por una violencia policial que no cesa mientras los responsables juegan a ser Rambo.

Marcho porque no quiero que un desconocido con una pechera del Estado me grite "Bajá a tu nene del árbol, acá no podés estar", aunque estemos solos, alegres, disfrutando el rato de aire, haciendo uso de la libertad que la constitución nos garantiza y que el Estado nos habilita a cuentagotas.

Marcho porque no quiero  acostumbrarme de nuevo a la mentiras, al uso maniqueo de la información, al somos los mejores del mundo, al estamos ganando, al todos nos miran, inventamos la vacuna, y el kit, y el otro kit, y Suecia está peor, y ahora el País Vasco, y Brasil, y si doblamos está hoja doblamos la curva y desaparece el virus, que sin embargo sigue ahí, después de cinco meses.

Marcho porque nos estamos fundiendo, sin trabajo, extrañando a la familia, a los amigos, mientras deciden insultarnos, culparnos, psicopatearnos. No nos dan permiso para sentir angustia. Marcho porque me gritan anticuarentena, sos la muerte, sos egoísta. Porque me psicopatean desde su sueldo garantizado a fin de mes, desde su vida normal o su trabajo que algún burócrata decidió que es esencial.

Marcho porque veo como están desesperados por la impunidad y el poder, mientras el país se caga de hambre, con nuestros sueños destruidos, mientras ellos van por la Justicia, para repartirse botines de guerra, por sus vendettas personales.

El presidente podría haber elegido ser un líder, pero eligió dejarnos solos. Hoy marcho para sentir al menos por un rato que no estoy solo, y que vale la pena seguir luchando por el país.

sábado, agosto 15, 2020

El elefante en el bazar

 Columna publicada el 15 de Agosto en el diario Clarin

Para el que tiene dólares, Argentina es un regalo. A la cotización de alguno de los tipos de cambio paralelos un dólar compra hoy una cantidad parecida de bienes y servicios a la que compraba en el peor momento luego de la crisis de 2001. Es muy difícil, viendo su capacidad de compra, afirmar que el dólar está barato. El superávit de comercio exterior fue de 18 mil millones de dólares en los últimos 12 meses, el más alto de nuestra historia. Las típicas señales de atraso cambiario no están prendidas como para argumentar, viendo esos números, que el dólar está barato.

Sin embargo, el Banco Central vende entre 50 y 100 millones de dólares por día desde hace semanas para contener la paridad oficial, aún teniendo una versión perfeccionada y ampliada del cepo que tuvimos hasta 2015. Vende a pesar de tener las menores importaciones en 15 años, a pesar de que el déficit de servicios externos está en mínimos históricos y de que la soja está en su pico anual de liquidación de dólares. El dólar no parece barato, pero la gente lo compra igual.

Para entender por qué hay que cambiar el ángulo desde el cual mirar al tipo de cambio. El precio del dólar es dos cosas al mismo tiempo: Por un lado, el que determina cuánto vale un bien o servicio argentino en relación a uno en el exterior. Ese precio es el que pareciera estar caro e influye en el comercio. Un turista extranjero en el país puede comprar con dólares - billete - el triple que hace dos años, y para un argentino irse al exterior se volvió de pronto carísimo.

Pero el dólar es algo más: es el precio de un activo financiero. En dólares se compran bienes y servicios, pero también se ahorra. Para tomar esa decisión no se compara un choclo en Mar del Plata versus un cachorro quente o un abacaxi en Florianópolis, sino dólares versus pesos, cuánto creo que valen hoy y, mucho más importante, cuánto creo que van a valer mañana. El Banco Central vende reservas no porque la gente quiere dólares, sino porque no quiere pesos y no quiere pesos porque hay muchos.

El lector ya imaginara por qué hay muchos pesos. La cuarentena separó como nunca la distancia entre el Estado que queremos tener y el Estado que podemos pagar. Esa diferencia es una de las más grande en los últimos de 60 años, solo comparable en magnitud a la que precedió al Rodrigazo en el ‘75 o a algunos momentos en los ‘80.

Ese vacío de financiamiento se llena con emisión monetaria. En los últimos 12 meses se duplicó la cantidad de dinero, mientras el Central le giraba al tesoro 8% del Producto Bruto interno, un monto equivalente a todo el stock de créditos del sistema bancario con el sector privado.

Las transferencias del Banco Central al Tesoro son la principal fuente de expansión del dinero, aunque no la única. El Central crea dinero a diario para pagar los intereses de la deuda que tiene con los bancos, deuda que crece a un ritmo preocupante. Del lado positivo, existen otras fuentes de creación de dinero que hoy no están activas. Se crea dinero cuando el Banco Central compra reservas con pesos. En Argentina, por ejemplo, se creaba dinero por este mecanismo como correlato de la acumulación de reservas entre 2003 y 2010 y en 2016/2017. El sistema bancario también crea dinero cuando toma un depósito y da un crédito. Donde antes había un peso depositado, luego del crédito habrá dos. Nada de eso está sucediendo hoy. La enorme expansión de los agregados monetarios, que se duplicaron en un año, tienen como principal explicación la dominancia fiscal.

Esos pesos nuevos compran bienes, compran servicios o se quedan en un depósito bancario o en el colchón, pero también compran dólares de cualquiera de sus colores. O bien bienes importados que se compran con dólares, en cualquiera de sus colores. El Gobierno busca resolver este desbalance entre los dólares que hay y los pesos para comprarlos endureciendo el cepo. Al tratar de ser una solución, sin embargo, el cepo en realidad empeora el problema.

Endurecer el cepo para frenar el tipo de cambio es como endurecer la cuarentena para frenar al COVID. Sirve durante un tiempo para contener la circulación - de dólares en un caso, del virus en otro - pero va perdiendo eficacia como solución a medida que pasa el tiempo. Más cepo no hará que la gente quiera tener más pesos. Más bien, diría, produce lo contrario.

El Gobierno no puede hacer nada para evitarlo. Puede tratar de prohibirlo o de ganar tiempo, eppur si muove. No importa cuando endurezca el cepo o cuánto amenace con aplicar leyes punitivas. Si el dinero sigue creciendo al ritmo que lo hace el precio del peso va a caer, contra los dólares y contra los bienes. No hay solución al problema cambiario que no incluya adaptar el Estado que queremos tener con el Estado que podemos pagar.

El enorme déficit fiscal financiado por emisión es hoy un elefante dormido en el Bazar. La pandemia concentra hoy nuestra atención pero el elefante está ahí. No importa quien lo puso, si el Gobierno, la oposición o la pandemia. Mirando para otro lado no va a desaparecer, y tarde o temprano se va a despertar.

martes, agosto 04, 2020

El día después del acuerdo: los tres grandes desafíos que tiene la economía

 Columna publicada el 4 de Agosto en el diario la Nacion

El acuerdo de la deuda es una gran noticia. Al momento de asumir Alberto Fernandez, se necesitaban US$120.000 millones para pagar los vencimientos e intereses entre 2020 y 2023. Un enorme desafío para un Tesoro con acceso cerrado al mercado financiero .

Según los términos que se hicieron públicos ayer, se obtuvo lo que se necesitaba: tiempo, el componente más importante del acuerdo, y el tiempo, se sabe, es dinero. Lograron posponerse pagos hasta fines de 2023 por un total de US$38.000 millones y de US$6000 millones en el próximo mandato presidencial. En compensación, entre 2028 y 2035 los pagos serán mayores en US$31.000 millones, pero ese no es un problema para preocuparnos hoy. Además, si bien el acuerdo no contempla quita importante de capital, implica un ahorro de intereses por US$1600 millones por año hasta 2030, o 0,4% del PBI (pre-pandemia).

La pérdida para los acreedores depende de cuánto valúen ellos la espera en el cobro: es de 37% de sus tenencias iniciales si el tiempo se valúa a 10% por año, 33% si fuera 8% o 27% si fuera 5%. No está nada mal. La quita promedio de las 179 reestructuraciones soberanas entre 1978 y 2010 fue de 37%, con un 18% para los 68 casos que lograron evitar el default y de 48% en los 111 que no.

Lamentablemente, este problema no es el único que hay por resolver. El acuerdo de la deuda despeja el primero de los cuatro grandes desafíos que tiene la economía. El más urgente, sin dudas, es el sanitario. Llevamos cinco meses de una de las cuarentenas más largas y duras del planeta, para controlar una dinámica de contagios que aún no dio señales de aplanarse y cuyo daño económico posiblemente nos ubique entre los 10 países de mayor contracción de la actividad en 2020.

Más allá de cual sea la resolución de la crisis sanitaria, el panorama no es alentador. El Covid-19 llegó a un país que ya llevaba dos años de recesión y la cuarentena provoca aquí más quiebras que en otros países. El durísimo cepo a los capitales y al comercio, que probablemente se endurecerá antes de relajarse, limita la posibilidad de un rebrote de la inversión y las exportaciones cuando la crisis sanitaria termine.

Eso nos enfrenta al tercer enorme desafío. La Argentina está en medio de una crisis fiscal y monetaria galopante, que no está presente en la percepción pública porque aún no se sienten plenamente sus consecuencias. El déficit fiscal de este año se proyecta cercano a los dos dígitos y apunta a ser el mayor en medio siglo. Sin fuentes de financiamiento, el Tesoro recurre de forma masiva a la emisión monetaria, creando dinero que hoy está dormido, expectante, pero que tarde o temprano acelerará la inflación.

La señal más visible del exceso monetario está en el mercado de cambios. La brecha de los dólares paralelos con el oficial estaba hace poco cerca del 100%, el nivel más alto desde 1975. Por otra parte, el Banco Central vendió US$450 millones en julio para contener la divisa oficial, a pesar de estar en el período de máxima liquidación de divisas agrícolas y con las importaciones en su mínimo en 15 años. Son muchos pesos buscando pocos dólares, esquivando los controles como pueden.

El riesgo de salir de la crisis sanitaria solo para entrar en una crisis cambiaria e inflacionaria es muy alto, y la ingeniería de política económica para evitarlo es muy compleja.

El cuarto y último desafío es más permanente, estructural. La Argentina hace 10 años que no crece. Entre 2010 y 2020, de más de 180 países, solo 11 crecieron menos que nosotros o cayeron: Brunei, Micronesia, Italia, Ucrania, Trinidad y Tobago, Timor, Gracia, República Centroafricana, Guinea ecuatorial, Libia y Venezuela. El primer paso para dar vuelta estos resultados es acertar el diagnóstico y para eso tenemos que ser conscientes de que estamos perdiendo, de que se nos escapan los trenes y que el mundo está mirando otra película, resolviendo otros problemas, mientras nosotros seguimos en luchas intestinas que solo nos hacen retroceder.

martes, marzo 19, 2019

Monetarismo criollo

Mi problema con el monetarismo criollo no es no creer que un programa de agregados duro puede bajar la inflación. Claro que puede.

Mi problema es que la retórica monetarista suele suponer la existencia de un mecanismo mágico que, por generación espontánea, baja la inflación sin costos.

El éxito al tratar de desinflar una economía restringiendo los agregados monetarios no depende de factores distintos que los de otros programas de estabilización (por ejemplo, de tipo de cambio). A fin de cuentas, depende de lograr una buena combinación de “garrote” y credibilidad. La discusión no es nueva. En los ochentas y noventas la literatura comparaba entre planes de estabilización monetarios y de tipo de cambio en lo que se conocía como la hipótesis de “recesión ahora vs recesión después”.

En un programa monetario “garrote” es estar dispuesto a restringir la liquidez y subir tasas todo lo que haga falta. La mecánica que transforme esta suba de tasas en baja de la inflación no es mágica. No será espontáneo. La inflación baja o bien porque se aprecia el tipo de cambio o bien si hay recesión o ambas.

Si un gobierno estuviera en condiciones de mantener el tipo de cambio atrasado o una recesión por tiempo indeterminado, eventualmente la inflación baja. Creo que nadie, ni monetaristas, ni marxistas, ni keynesianos, ni estructuralistas o austriacos dudaría de esta afirmación.

El problema de los programas de estabilización reside en que habitualmente esa capacidad es finita. ¿Cuánta recesión puede tolerar un gobierno democrático sin perder elecciones? ¿Cuánto atraso puede tolerarse antes de perder capacidad de financiamiento de la cuenta corriente?

Es por eso que los programas se anuncian con señales para mostrar que "esta vez va en serio". Leyes cerrojo, reformas en cartas orgánicas, compromisos exagerados (déficit o emisión cero) más allá de lo estrictamente necesario. La credibilidad de un programa, si logra cambiar las expectativas inflacionarias,  puede afectar las decisiones de precios hoy.

Es decir, cuanto más creíble logre ser un programa, menos garrote necesitará.

La convertibilidad, por ejemplo, fue exitosa no solo por el atraso del peso - los militares ya habían tratado eso y fracasado una década antes - sino porque se complementó con medidas que le dieron credibilidad: Fijación cambiaria por ley, independencia del Central, Reforma del Estado, apertura comercial y financiera, prohibición de indexación. Cavallo cerró la puerta y tiró la llave.

El problema es que comprar credibilidad de esa forma no está libre de riesgo. El que gana credibilidad así lo hace atándose las manos. Limita su propia discrecionalidad para hacer política económica, que pasa a determinarse por reglas transparentes e inflexibles

Eso es algo bueno salvo, claro, cuando necesitamos las manos desatadas

La convertibilidad y su crisis sirven también de ejemplo de crisis de un régimen basado en reglas, incapaz de adaptarse a los cambios (por ejemplo, la devaluación brasilera o la sucesión de crisis financieras emergentes de los 90s) que necesitaban una corrección de política económica.

Mi problema con el monetarismo criollo, entonces, no es entonces no creer que un programa de agregados duro puede bajar la inflación. Claro q puede

El problema es que para lograrlo el gobierno debe estar dispuesto, y convencernos de que lo está, a tolerar una recesión larga o un atraso sostenido que hagan el trabajo sucio si la inflación tarda en bajar. Debe convencer que "esta vez va en serio" pero ¿Cuan creíble es prometer recesión en año un electoral o atraso permanente a meses de la última crisis de balance de pagos?

Esto requiere, entonces, ser realistas y reconocer limitaciones de las herramientas disponibles y de objetivos posibles. Es imposible bajar la inflación de forma permanente sin compromisos más amplios que los que hoy pueden darse desde la política monetaria del Banco Central, compromisos que deben ser creíbles, sostenibles y, sobre todo, legitimados en las urnas.

Ojala fuera solo imprimir menos billetes

lunes, marzo 06, 2017

Arte, ciencia y tortura medieval

Articulo originalmente publicado en Foco Economico

Los economistas tenemos, entre la larga lista de prejuicios sobre nuestra profesión generalmente bien fundados, el don de hacer hablar a los números para que muestren lo que queramos. Una extraña combinación entre una virtud artística y una tortura medieval. La razón es simple. Un mismo dato sobre la realidad, según como se lo mire y aun ignorando los muchos problemas metodológicos existentes al “medir un dato”, puede decir muchas cosas a la vez

Tomemos un ejemplo. La inflación interanual en enero estuvo en el orden del 33%. ¿Cuán informativo es esto sobre la situación inflacionaria de hoy? La primera lectura parecería ser que mantenemos niveles de inflación muy altos, incluso para los estándares de la última década. Sin embargo, si acercamos la lente, el panorama cambia. En los últimos 6 meses la inflación fue de 12% (equivalente a 27% si se repitiera un semestre más) y en los últimos 3 meses de 5% (equivalente a 22% en un año), algo mucho menos alarmante que el 33% interanual (que estaba algo arriba de 40% hasta hace no mucho).


Gráfico 1: Índice de precios al consumidor
Variación interanual, semestral y trimestral
Nota: el índice de precios es aproximado a partir de la información de INDEC y Provincias

El problema, en este caso, radica en que el indicador interanual y su evolución es la combinación de tres cosas. El dato nuevo con la información más fresca, el dato más viejo que desaparece de la comparación  y todos los datos intermedios, que persisten en la medición hasta que llegue su turno de desaparecer.

Así, por ejemplo, la medición interanual no captura la forma que tuvo el indicador en los datos intermedios. Un 0% de variación interanual puede convivir tanto con una suba inicial seguida de una caída equivalente como exactamente lo opuesto. Claramente, para entender que está pasando en la coyuntura reciente este 0% es muy poco informativo.

Gráfico 2: Crecimiento y contracción vs contracción y crecimiento


Este 0% parece un caso extremo. Tomemos otro ejemplo, con una serie que crece a una tasa constante de 2% por mes – es decir, que tras un año crecerá 27% – pero que sorpresivamente tiene una caída de una vez del 30% para luego retomar su sendero ascendente de 2% (Grafico 3). En este caso, la variación interanual capturará correctamente esa caída, pasando de 27% a -13%, pero a medida que avanza el tiempo irá perdiendo contenido informativo. Durante once meses, la variación interanual registrará una caída de 13%, aun cuando tenemos una serie que, mes a mes, sube  2%. Al onceavo mes tras el shock, la serie habrá acumulado una suba de 24%, que la variación interanual no captura en absoluto. Al doceavo mes tras el shock habrá un nuevo quiebre: la medición interanual pasará de -13% a 24% ¿Pasó algo con la serie original que amerite tal cambio? Nada. Todo el movimiento se explica por la desaparición del mes del shock de la comparación interanual. La información contenida en esa variación interanual es, sencillamente, vieja.

Gráfico 3: Índice de crecimiento constante con shock de única vez


La solución, entonces, parece ser fácil. Si el dato interanual, es tan imperfecto, usemos algo de mayor frecuencia, como el dato mensual. Sin embargo, y por muchas razones, elevar la frecuencia incorpora otro conjunto grande de problemas, ruido, pequeños shock (noticias, eventos climáticos) de impacto transitorio, etc. Así, los datos de más corto plazo suelen estar expuestos a múltiples factores aleatorios que muchas veces ensucian el comportamiento tendencial de las series. Un caso extremo es el trabajo con series diarias o intradiarias, donde lograr extraer la información del ruido es mucho más complejo.

Los datos de corto plazo suelen también incorporar efectos estacionales (es decir, asociados a la época del año). Las ventas minoristas caen todos los años en enero respecto a diciembre, el precio de los colegios sube en marzo, el de los hoteles en vacaciones de invierno y la cosecha de trigo siempre es mayor en diciembre que en enero. La información que, en estos casos, tiene la variación mensual es muy poca.

La econometría encontró distintos métodos para corregir estos inconvenientes, aunque su implementación no está exenta de problemas. Existen, por ejemplo, métodos para discriminar el componente tendencial del cíclico de una determinada serie que sirve, justamente, para identificar cuando una serie dejo de caer y comienza a subir. Este método, sin embargo, tiene dos debilidades serias: Falla al identificar quiebres o cambios de régimen (justamente porque subestima la importancia de la noticia más nueva) y es muy sensible a la incorporación de nueva información, que puede cambiar significativamente la interpretación de los últimos meses. Existen también métodos para limpiar los factores estacionales, aunque suelen requerir un volumen de datos históricos que suele no estar disponible en nuestro golpeado sistema estadístico.

¿Cuál es, entonces, la moraleja? No existe una forma única ni correcta de mirar un dato. Todos los métodos tienen sus ventajas y sus defectos. Interpretar la información nueva a medida que va surgiendo requiere un delicado equilibrio entre mirar demasiado cerca y ensordeceré con el ruido y alejarse y marearse con información vieja, como cuando usamos un telescopio para capturar hoy la luz que las estrellas emitieron hace miles de años. Imposible escaparle a esa extraña combinación entre arte, ciencia y tortura medieval.

lunes, noviembre 21, 2016

Entrevista de Maria O'Donnell por Radio Continental

Desgrabacion de la entrevista que me hizo hoy Maria O'Donnell por Radio Continental



Maria O’Donnell: Hay mucha preocupación, incluso en el equipo del propio presidente, con lo que está pasando con la economía. Hoy el Cronista dice que el tercer trimestre también va a mostrar caída de la economía.

Luciano Cohan: Sí. El tercer trimestre está cerca de haber sido un trimestre horizontal. Estaba cayendo como un piano en el primer semestre y en el tercero se detuvo la caída. Lo más preocupante es que ya estamos entrados en el cuarto trimestre y pareciera que seguimos en movimiento horizontal y todavía aparece el crecimiento.

MO: Bloomberg sacó un artículo que fue rápidamente tomado por Cristina Fernández de Kirchner a través de las redes sociales planteando que - también señalado por Carrió y Lavagna- con relación a que con las tasas tan altas el principal negocio es financiero y de corto plazo. Se venden dólares, se coloca en Lebac y se recompra dólares con ganancias altísimos que en el mundo nadie te da.

LC: El argumento es parcialmente cierto. Hoy Argentina está funcionando con tasas de interés altas y creo que eso puede estar también detrás de la performance de la economía que no es demasiado buena. Si uno tiene en cuenta que los salarios han empezado a crecer y el gobierno ya está haciendo una política fiscal más expansiva es llamativo que no estemos creciendo a esta altura del año, lo cual puede tener que ver con la tasa de interés.

Eso lo pongo de un lado. Hay que entender también que el Banco Central no tiene gran margen para ponerse a hacer locuras. Hace tan solo un año Argentina estaba en el medio del cepo, cuando la situación cambiaria y monetaria era muy delicada. El Banco Central no cuenta con demasiado margen para bajar tasas y arriesgar, más en el mundo complejo al que estamos entrando con Trump, que la situación cambiaria vuelva a complicarse. El escenario es una cara o ceca en donde las decisiones no son fáciles.

MO: Ahora cierra una nueva etapa del blanqueo que ha cumplido más o menos las expectativas del gobierno y vienen dólares en un momento en el cual muchos dicen que el dólar está atrasado y cuando en el resto del mundo está pasando justamente lo contrario. El peso mexicano pierde valor, el peso brasilero pierde valor. Con lo cual es el peor escenario para tener un dólar atrasado.

LC: El dólar subió en las últimas semanas, acompañando el proceso del resto del mundo emergente y no se ha profundizado el atraso. De todas maneras, sin duda, el mundo al que estamos entrando es bastante incierto e implica mayores dificultades y entre esas dificultades está que es muy probable que nuestros socios comerciales tengan monedas más débiles. Esto para Argentina, que viene de un proceso inflacionario complicado, es un problema porque acompañar el proceso global implica que nuestro dólar suba, y que nuestro dólar suba implica que el proceso de inflación - que ha empezado a dar buenas noticias - puede volver a complicarse. El panorama hacia adelante tiene muchos desafíos.

MO -Muchos desafíos, con un gobierno en una situación donde todavía no empezó a tomar las decisiones que tenía previsto tomar en la economía. Y tiene el tema del empleo, con 127 mil puestos de trabajo perdidos en lo que va del año. El gobierno ya anticipó la apertura de algunos sectores a la importación, que tendría algún efecto sobre el empleo.

LC- Sin duda, cuando uno mira los números de este año en su conjunto fueron negativos. Sin embargo, no es un momento de crisis. Argentina está transitando una recesión de magnitud media parecida a lo que tuvimos en otro años (como 2014). Estamos en una recesión algo más larga de lo que se esperaba pero se está muy lejos de una crisis. Mi impresión es que esto pronto pasará a un segundo plano y que la economía en 2017 va a volver a crecer.

Mis dudas empiezan pensando más hacia adelante. En 2018 vamos a tener que pensar cuales son las fuentes de crecimiento de la economía y ahí si hay algunas luces amarillas prendidas.

MO- Pareciera que el gobierno está cambiando el libreto, pasamos de la inversión al consumo. Empezamos a escuchar hablar y mucho adentro del gobierno - todavía no se nota tanto afuera – sobre la idea de que subestimaron el problema de lo que genera la caída del consumo. Ahora tratarían de acordar un refuerzo de la asignación universal más importante de lo que se preveía, por el objeto, imagino, de paliar la situación social hacia fin de año y también pensando en inyectar un poco de anabólico al consumo”.

LC- Si, de acuerdo, pero creo que esa es una solución de cara al 2017 cuando es muy probable que los factores de crecimiento sean el consumo y el gasto público – los dos factores negativos en la economía de 2016. Sin embargo, no pueden ser la solución de mediano plazo. Argentina necesita lograr esta transición a una economía impulsada por la inversión y, agregaría, el sector externo. La posibilidad que tiene la macroeconomía de sostener un consumo creciendo mucho es muy acotada y hay una transición pendiente. Agregaría también que Argentina necesita desplazarse como factor de crecimiento más hacia el sector privado, y menos el sector público con arcas públicas están agotadas.”

MO-Pero no está pasando. El gobierno creyó que este año era el año para hacer el pase de manos y termina el año y no lo fue.

LC- Este año no paso, sin dudas, y es probable que el próximo tampoco creo que pase. Pero es una transición que tiene que pasar. Porque si no pensar en que vamos a entrar en un proceso más largo de crecimiento es difícil. Yo mantengo el optimismo. Creo que en el momento en que la economía empiece a crecer se van a despejar muchas de las dudas que estamos teniendo y es probable que empiece a moverse la inversión, pero lo cierto es que la transición se está haciendo bastante larga.

martes, septiembre 20, 2016

¿Por qué vamos a crecer?

“Predecir es muy difícil, sobre todo el futuro” versa el dicho. Sin embargo, me arriesgaré con unas líneas para ordenar las ideas detrás de mi optimismo para el corto plazo: Creo que Argentina volverá a crecer, y que pasará pronto. Este optimismo, que decae a medida que alargamos el horizonte y pensamos en el mediano y largo plazo, tiene su origen en un doble diagnóstico de la situación económica argentina.

La primera parte es que creo que detrás el estancamiento del último tercio del kirchnerismo no había un problema de demanda, sino de oferta. Argentina no crecía por la escasez de dólares, de insumos importados, de energía, por la falta de expansión de la frontera agrícola o los stocks ganaderos, mineros o petroleros, por los costos de transacción implícitos en el cepo o en la administración opaca del comercio exterior o en la deficiente infraestructura de logística y comunicaciones.

La producción argentina no pudo seguirle el ritmo a los agónicos cartuchos de demanda que el gobierno derrochaba en apuntalar la actividad - déficit fiscal creciente, atraso cambiario con cierre de importaciones, retraso de las tarifas, controles de precios, tasas de interés reprimidas y crédito dirigido, etc. El sistemático impulso a la demanda no genero crecimiento, sino solo presión sobre una oferta estrangulada.

Esta situación se complementa con la segunda parte del diagnóstico. Creo que la contracción de 2016 es principalmente un problema de demanda: el impacto contractivo de corto plazo del combo de políticas implementadas desde diciembre. Podemos discutir si es buena la relación costo/beneficio - en especial frente al fallido experimento de 2014 -, si se subestimo la longitud o intensidad de la transición o si hubiera sido conveniente otro punto entre el shock y el gradualismo. Lo cierto es que concentrar los costos al inicio fue una decisión estratégica que tomó una dinámica que era esperable que tomara.

La recesión de 2016 se explica, entonces, por un shock negativo de demanda. Devaluación, suba de tarifas, combustibles y tasas y liberación de precios reprimidos golpeo la capacidad de compra de los salarios. El ajuste fiscal del primer semestre, principalmente en obra pública, afectó la inversión y la política monetaria contractiva, inevitable tras la salida del cepo, hizo su aporte restringiendo la liquidez.

Es a partir de la combinación de ambos diagnósticos que soy optimista con el futuro cercano.

En primer lugar, porque creo que el shock negativo de demanda ha comenzado a revertirse. Con la baja de la inflación, la capacidad de compra de salarios, jubilaciones y política social comienza a recuperarse, la política fiscal ha tomado nuevamente un sesgo expansivo y la política monetaria se mueve a un terreno más laxo. El mundo cercano, mientras tanto, muestra también un panorama algo más alentador. Creo que las fuentes de contracción que operaron en contra en 2016 jugaran a favor en 2017, el año del rebote.

En segundo lugar - y mucho más importante que primero – el país experimenta, desde fines del año pasado, un brutal shock positivo de oferta, cuyo impacto es menos inmediato que el de demanda. La salida del default y del cepo, la baja de la tasa de descuento país y la caída de riesgo de crisis de balance de pagos, la extensión del horizonte de planeamiento, el acceso al financiamiento, una política comercial más laxa con los insumos, etc.

A diferencia de 2016, cuando el shock negativo supero al positivo, en 2017 ambos efectos jugarán en el mismo sentido y es muy probable que el país vuelva a crecer.

A partir de allí, sin embargo, y agotado el transitorio efecto rebote de la demanda, el país entrará en el mas viscoso terreno del mediano plazo, cuando deberán enfrentarse tensiones de difícil resolución. En primer lugar, la necesidad de completar la corrección aún inconclusa de precios relativos con consecuencias, como vimos este año, desagradables en el corto plazo. En segundo lugar, la necesidad de sustituir la fuente de demanda publica sobre la actividad y empleo con expansión privada, inflada con anabólicos en el pasado. Finalmente, la necesidad de balanceo entre sectores ganadores y perdedores para evitar que la probable transición de la estructura productiva derive en problemas de empleo y costos sociales.

Frente a este escenario, la estrategia del gobierno para cortar este nudo gordiano es apelar a la inversión, único componente que es, en simultáneo, una fuente de expansión de demanda y oferta. El crecimiento en el mediano plazo - digamos, en la segunda mitad del gobierno de Macri - dependerá, como diría Keynes, de los animals spirits, de la percepción de que el crecimiento será sostenido y que vale la pena hundir capital en infraestructura, comunicaciones, en construcción privada, inversión petrolera, minera o agrícola, en maquinaria industrial, en soft, etc.

La estrategia del gobierno es ambiciosa pero arriesgada, en tanto la última ancla es la propia confianza en su éxito. El presente de la Argentina dependerá principalmente de su propio futuro y la ausencia de esta fuente de crecimiento, que tendrá que aparecer más temprano que tarde, nos expone a la tentación de repetir viejas recetas, que beneficien el cortísimos plazo y atenten contra la propia sostenibilidad del crecimiento.

Resuelta esta tensión entonces sí, quizás, empezaremos a discutir el largo plazo y los modelos de desarrollo. Dejémoslo para otro post porque, quien sabe, quizás en el largo plazo, como también decía Keynes, estaremos todos muertos.